miércoles, 5 de enero de 2011

La muñeca de La Casona





Asomada tímidamente tras los viejos barrotes de una pequeña puerta trasera ya clausurada en la antigua Casona del pueblo, ahí estaba Carmen muy de mañana, diriase que casi recién salida de la cama, de no ser porque ella no tenía la fortuna de dormir en una cama. Parecía muy apurada tratando de meter por debajo una carta escrita en un sucio trozo de papel.

¡Ah que tiempos aquellos! Cuando la gran Casona que abarcaba toda una manzana lucía imponente sus hermosos y grandes balcones adornados con las más coloridas flores, bastaba pasar cerca para llenarse de su exquisito aroma. Pintada de un amarillo brillante, con su elegante portón de madera fina que medía casi ocho metros de ancho por tres de largo y la preciosa escalinata que conducía a la entrada principal, era inevitable admirarla con el simple hecho de caminar por ahí.

Carmen cierra los ojos y con melancolía recuerda las palabras de su abuela, quien fue durante muchos años parte de la servidumbre que trabajaba en La Casona. Cuando ella platicaba de aquel lugar parecía transportarse a un mundo totalmente lejano y diferente a las humildes y pequeñas chozas que había en el pueblo, contaba que tenía interminables habitaciones, a pesar de que muchas de ellas estaban vacías casi durante todo el año, a excepción del mes de enero, en el que La Casona era visitada por los nietos de Don Manuel y Doña Cristina, un matrimonio que había llegado años atrás proveniente de su natal España encontrando en aquel pueblito la paz que tanto anhelaban desde que sus hijos se independizaron de ellos.

Hablaba la abuela de aquella casa decorada con delicadeza y excelente gusto en cada uno de sus rincones, de los refinados muebles tallados en madera y cubiertos por exquisitas telas que hacían el juego perfecto con las distinguidas cortinas que vestían los enormes ventanales de cristal.

Pero toda esa elegancia y lujo no se comparaba con lo que sucedía ahí cada 6 de enero... Narraba la abuela emocionada que todas las mañanas de día de Reyes amanecía el árbol de navidad de La Casona repleto a más no poder de juguetes y regalos para sus nietos y todos los niños del pueblo. Apenas amanecía cuando Don Manuel, Doña Cristina y sus nietos abrían sonrientes el portón de La gran Casona para recibir a los fascinados chiquillos que impacientes esperaban su turno para recibir un regalo.

Hace ya 15 años que la vieja Casona esta abandonada, hace ya cuatro que Carmen también lo está. Desde que una pulmonía le arrebató la vida a la abuela, ella quedó a la deriva, era la única persona que la acompañaba, pues su madre se largo a Estados Unidos y jamás regresó para llevársela, a su padre ni siquiera lo conoció.
Carmen no tuvo más amor que el de su abuela, y ahora que ya no esta, lo único que le quedan son sus palabras, sus recuerdos, y el sueño de una muñeca para el día de Reyes.
Esta historia la escribi con una de mis princesas, es el primer escrito que compartimos y realmente fue para mi un regalo de reyes.